El poder de la lengua: para dar vida o para maldición

A través de toda la Biblia encontramos reflejada la inmensa sabiduría de Dios y su consejo que nos puede hacer sabios si lo guardamos y lo ponemos por práctica en nuestras vidas. Cuando la leemos a conciencia con la intensión de buscar el agrado de Dios, nos damos cuenta que Él nos pide que tengamos mucho cuidado con las palabras que están saliendo de nuestros labios “La muerte y la vida están en poder de la lengua, Y el que la ama comerá de sus frutos” Proverbios 18:21 . En este texto podemos ver de manera clara y sin rodeos que Dios ha dado en la lengua del hombre poder, con este poder podemos bendecir o podemos maldecir, la bendición o la maldición son el resultado de lo sale de nuestros labios. La bendición es la expresión de un deseo benigno que se dirige a una persona; la maldición en este contexto es la expresión del deseo de que le ocurra una daño a alguien. Cuando una persona se expresa con rencor, ira, venganza, celos, burlas, desprecio, esta mandando maldición sobre ella. Esto para el mundo es lo que llaman “mala onda, mala energía, mala suerte, maldad encarnada, espíritu malo, embrujo, encantamiento, maldición…”, lo contrario cuando se tienen buenos deseos hacia alguien y se declaran buenas palabras, se esta bendiciendo.

Podemos volvernos asesinos dentro de la iglesia…

En la primera epístola del apóstol Juan leemos: “Todo aquel que  aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él”  (1 Juan 3:15).

Es un versículo que nos confronta fuertemente y que no debemos dejar pasar a la ligera, ya que Dios nos da una advertencia: el que aborrece a su hermano es igual a un homicida. Aborrecer significa odiar, despreciar, desconsiderar, rechazar, ignorar, no recibir, no aceptar, cortar, anular, desear que no exista, no querer ver ni escuchar, no querer saber nada de la persona, no tenerla en cuenta. Si aborrecemos a algún miembro de nuestra iglesia o en general a cualquier persona, no estamos cumpliendo el segundo mandamiento y ante los ojos de Dios somos homicidas: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos” (Marcos 12:30-31).

Al meditar estos versículos, podemos decir que Dios desea y nos exige que en el corazón de sus hijos y de su iglesia solo exista lugar para el AMOR, si sentimos algo distinto a ésto, estamos caminando fuera de la voluntad de Dios. Dios es amor, es parte de su naturaleza divina y nosotros somos el reflejo de Él en Jesucristo, cómo saber si alguien es un cristiano verdadero, cómo reconocer a un seguidor de Jesucristo, pues Jesús mismo nos dijo cómo reconocer a un discípulo suyo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros (Juan 13:35). El verdadero fluir del Espíritu Santo en una iglesia o en la vida del cristiano está fundamentado en el amor.

La palabra tiene poder espiritual.

“El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida”. Jesucristo enseña y explica que la palabra es espíritu. Él dice: “las palabras que yo os he hablado” – refiriéndose a lo que había dicho anteriormente en el relato bíblico. Pero observando detenidamente las palabras del Maestro, aquí también nos revela y confirma un gran misterio del reino: significa que la palabra declarada es un poder espiritual que puede dar vida o muerte, exactamente como se expresa en Proverbios 18:21. Como cristianos la Palabra de Dios debe de estar en nuestras bocas en: alabanza, oración, profecía, intercesión, conversaciones diarias, en nuestro trabajo, con nuestros vecinos…

La autoridad de la lengua.

“El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, Y su palabra ha estado en mi lengua (2 Samuel 23:2). Cuando declaramos ciertas palabras dichas con FE, con fuerte motivación y convicción, las cosas suceden, a veces para bien y a veces para mal. ¿Por qué? Porque hay poder de mando en las palabras, hay autoridad espiritual. Cuanto más influencia o poder espiritual tenga una persona, sea buena o sea mala, tanto más ocurrirá lo que ella declare. La bendición es la manifestación de una buena espiritualidad, de un corazón correcto y amoroso inspirado y respaldado por el Espíritu de Dios. La maldición es la manifestación de malos espíritus, de acorde a lo que se pronuncia y declara. “Dice Jehová: He aquí que yo estoy contra los profetas que endulzan sus lenguas y dicen: El ha dicho” ( Jeremías 23:31), al leer este pasaje bíblico encontramos que también el hombre usa su propia boca para hacer declaraciones materialistas o espirituales.

Un seguidor de Jesucristo usa bien la palabra.

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15)

La palabra es un poder y una autoridad espiritual que Dios ha dado al hombre. Es responsabilidad del hombre aprender a usarla correctamente para su beneficio, para beneficio de su prójimo, para beneficio del Cuerpo de Cristo. La palabra es un arma espiritual para ataque y defensa poderosísima. Todos, absolutamente todos tienen el don de la palabra, unos más y otros menos pero ciertamente todos lo tienen. Si hay pecado en la boca del hombre, se combate a través del arrepentimiento genuino y cambiando la actitud hacia Dios y hacia los demás. Si hay dificultad en sobreponerse al pecado, entonces se debe pedir ayuda a los ministros y al cuerpo de guerreros intercesores de la iglesia local.

La lengua del cristiano debe ser limpia, justa, sincera, verdadera, santa: como la de Jesucristo. Usemos nuestras bocas y las palabras para declarar salvación para las almas. declaremos amor, declaremos santidad, declaremos bendición. Declaremos la poderosa victoria sobre el pecado y sobre todos nuestros enemigos, en el Nombre de Jesús. Amén.

“Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén” (1 Pedro 4:11).

 

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